‘Seis meses en el edificio rosa con azul’, de Bruno Santamaría Razo: esa memoria emocional que es el cine
20 de mayo, 2026
Por Carlos Ramón Morales
Hurgar en la memoria para reconocerse. Hurgar en la memoria para recuperar dibujos, fiestas, bailes, pero también para encontrar las emociones e incertidumbres donde se funda la identidad. A Bruno le ocurre cuando a su padre le diagnostican una enfermedad terminal, y esto desemboca en una crisis de pareja con su madre. Mientras que Bruno, entre aerobics y sábanas como casas de campaña, reconoce afectos tortuosos. Y una forma suave y hermética de estar por la vida.
Ficción que se valida desde el documental, Seis meses en el edificio rosa con azul, de Bruno Santamaría Razo, propone una colorida recuperación de la infancia, que también cifra las represiones del futuro. Entre los testimonios y la puesta en escena, el director se mira en el espejo de su pasado: lo hace con ternura, también con el dolor de reconocer lo que no se pudo, no se supo decir.
Seis meses en el edificio rosa estrenó en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2026. A propósito de esta exhibición, platicamos con Bruno Santamaría Razo sobre esta sorpresa del cine: reconstruir el recuerdo, desde los objetos hasta los afectos y la subjetividad.
Eras niño cuando tu familia vive un momento complejo, la enfermedad de tu padre, que te toca presenciarlo. Es el punto de partida de Seis meses en el edificio rosa con azul. ¿Cómo es que este momento se convierte en motivo para una película?
Viví algo hace muchos años que, a la par de mi familia, nos marcó mucho. En mi memoria no era un acontecimiento claro, era más la sensación sobre algo que nos dolió. En la pandemia entrevisté a mi familia sobre este acontecimiento. Terminé conmovido por lo que escuché, pero sin ninguna claridad. Entonces empecé a mirar fotografías, a digitalizar materiales en High 8, VHS, Betacam, y ahí apareció más memoria; luego escribí casi diario, de manera automática. Ahí aparecía más memoria: no sólo sucesos, sino memoria emocional.
Esta película nace de la memoria emocional de algo que viví a mis once años ,y al hacer la película descubrí que era una forma de explorar esa emoción, a partir de construir situaciones imaginadas con un equipo que se sumó a este viaje.
Destaca el juego entre el documental y la ficción. Me gusta que el inicio sea un boom: espacios mal grabados, hasta sentar en una cama a tu madre y empezar la entrevista que nos lleva a lo ficcional. ¿Por qué este encabalgamiento de formatos?
En todas las películas, les llames documentales o ficciones, hay una construcción cinematográfica que tiene que ver con compartir un relato. Esta construcción te ayuda a compartir una verdad emocional.
Las entrevistas con mi familia muestran que la película no es sólo la voluntad de contar una historia, sino la necesidad de encontrar una emoción y provocar una puesta en escena con actrices y actores que construyen personajes. Lo que se genera en medio me emociona mucho, abre el espacio que el cine permite generar: el diálogo entre las entrevistas y la puesta en escena.
En algún momento tu madre te reclama por tu obsesión de querer recordar con tanta fidelidad. Pensaba que ahí está la clave de la película, en la obsesión por los detalles de la casa, los objetos, los muebles, como si quisieras que el cine fuera una máquina del tiempo que te vuelve a instalar en tus once años.
Ivonne Fuentes fue la diseñadora de producción. Mi primer encuentro con ella fue en el departamento donde ocurrió la historia. Le compartí dibujos, pinturas, cuadernos, fotografías, y ella prestaba atención. El trabajo de Ivonne es detallista y obsesivo, tiene una manera suave y dulce de admirarse por todo, fue fácil compartirle la intimidad de mi memoria. Ella me empezó a compartir la suya, y se volvió una dinámica con otros miembros del equipo, compartir no sólo mi litera, la televisión o los posters en la pared, también la relación que los demás tenían con sus padres. La forma de construir ya no fue sólo ligado a mi memoria, sino a unas ganas de recordar una época a finales de los ochenta y principios de los noventa. Por eso se llena de tantos detalles.
A mi me impresiona que cuando la gente ve la película, creen que la casa es mi casa. En realidad fue un departamento que encontramos en Santa María la Ribera, Ivonne la transformó. Algo que me hace pensar que sí existe la máquina del tiempo y se llama cine.
Tu tarea es recrear a tu padre, a tu madre, a ti mismo, que lo hacen Sofía Espinosa, Gabino Rodríguez y Jade Reyes. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue un diálogo entre dos universos: la memoria de algo que me emocionaba, pero cuando conocía a un actor, una actriz o un niño actor, trataba de entender quiénes eran y qué podían construir para los personajes. En un cuaderno yo escribía algo que me emocionaba del personaje: una anécdota, un color, un plato favorito, una fotografía, y Lázaro, Jade o Sofía me regresaban el cuaderno con algo que podían regalarle al personaje: una anécdota de sus vidas, de su imaginación, lo que quisieran. Así se fue construyendo un libro que funcionó como herramienta para entender qué personajes podían aparecer. No era tanto una fijación de recrearme, o de recrear a mi mamá o a mi papá, sino de construir a partir de energías.
Al trabajar con Sofía y Lázaro entendí que también podía construir con las personas que eran ellas y ellos, y los momentos que estaban viviendo. Por ejemplo, el personaje de Diana es nerviosa, con una alegría a veces impuesta. Sofía tenía poco de empezar a ser mamá, tenía muchas reflexiones sobre la maternidad y el trabajo. Y Lázaro es un contador de cuentos adicto, me encontraba con él en un café y llegaba a decirme: "es que vengo de Nicaragua y en Nicaragua me pasó..."; esa energía se vincula a la de mi papá, carismático y juguetón, algo que se va perdiendo según la película avanza. Con Jade me di cuenta que podíamos llegar a parecernos, pero fue más una mimetización que ocurrió tras nuestra investigación, y con lo que las actrices y los actores le regalaron a la película.
Me gustó cómo se prepara Bruno para la fiesta: se mira al espejo, se maquilla, parece Dayanara en tu documental Cosas que no hacemos, cuando se viste de mujer en el lago. Me hizo pensar en cómo abordas el tema homosexual. Contigo el tema es íntimo, dulce, adolescente. Un tono distinto a otros más rabiosos o trasgresores en la literatura o el cine.
No hay forma de esconderse detrás de la cámara, no hay forma de engañar. Todas las películas terminan siendo un autorretrato de quien las dirige, se imprime tu energía y quizás no es tan premeditado.
Yo descubrí en Jade, cuando lo conocí y después, viéndole actuar, una escucha tierna y pasiva, que da espacio para que aparezca Edu, el actor que interpreta a Vladimir; también da espacio para su papá y su mamá. Y es en parte timidez, en parte miedo de atreverse a decir lo que uno quisiera decir; el final de la película es clave de cómo está aprendiendo a modularse. Bruno aprende que para estar bien en la vida hay que respetar a los otros y callarse. Es algo que lastima por muchos años, no estoy de acuerdo en que así deba de ser, pero así es.
Una amiga y maestra, Marta Andreu, describía la película como una ternura que condena, y algo hay de eso en el personaje de Bruno, una ternura que es una máscara para la vida, una forma de aprender a vivir y sobrellevar cosas que duelen. Es más fácil comportarte con amor y suavidad, y que la gente te responda así. Pero entonces toleras muchas cosas que no te gustan, o que no son parte de tu vida. Te metes en una jaula de algodón, y algo de eso hay en el Bruno de Seis meses en el edificio rosa con azul, que ha incomodado mi personalidad y mi forma de mirar el mundo, incluso de dirigir.
Es posible que Seis meses en el edificio rosa con azul termina donde empiezas a problematizarte como persona...
La película termina cuando empieza algo que hasta treinta años después pude hablar con mi familia. Se construyó un bloqueo emocional entre ese niño que disfruta maquillarse, gritar, bailar, pero que le van diciendo: "No, los hombres no se mueven así”. No son construcciones explícitamente violentas, pero son profundamente violentas porque te reprimen y te marcan.
Me gusta la escena donde Bruno y su amigo Vladimir entran al set de Romeo + Julieta, la película de Baz Luhrmann. No sé si haya sido tu primer encuentro con lo cinematográfico, pero me gusta que te sitúes como niño conociendo el cine por primera vez.
A los 11 años supe que estaban filmando Romeo+Julieta en la iglesia de la esquina de mi casa, con Leonardo DiCaprio, que obviamente a todos nos gustaba. En realidad no lo pudimos ver: lo único que veía era el helicóptero sobrevolando mi azotea, y cuando pasaba por la iglesia había camiones de Hollywood o seguridad gringa, era imposible entrar.
Fue muy loco que al escribir me costó trabajo atreverme a entrar. Fue parte de esta personalidad pasiva: “Dios santo, tú estás escribiendo tu película, métete al set”, me dije. Y entraron Bruno y Vladimir.
Fue alucinante ver a Leonardo DiCaprio, pero más a Mercucio, un ser humano vestido de esa manera, con la boca pintada de esa manera. Fue una posibilidad que pudieron vivir Bruno y Vladimir, gracias a la película.
Seis meses en el edificio rosa con azul (México, 2026). Guión y dirección: Bruno Santamaría Razo. Producción: Carlos Hernández Quiñónez, Bruna Haddad, Bruno Santamaría Razo. Compañías productoras: Desvia Filmes, Ojo de Vaca, Snowglobe Film. Cinefotografía: Fernando Hernández García. Música: Léo Chermont. Edición: Andrea Rabasa Jofre. Directora de arte: Ivonne Fuentes. Mezcla de sonido: Martin de Torcy. Sonido directo: Miguel Ángel Sánchez. Elenco: Jade Reyes, Sofía Espinosa, Lázaro Gabino Rodríguez, Eduardo Ayala, Teresa Sánchez, Anuar Vera, Valentina Cohen, Nara Carrera, Demick Lopes, Valeria Vanegas.