‘Café Chairel’ de Fernando Barreda Luna: se mezclan soledades en Tampico
20 de mayo, 2026
Por Carlos Ramón Morales
¿Cómo prefieres tu café? Podría ser suave y dulce, de los que reconfortan, como lo es Alfonso, el hombre que intenta montar un café de especialidades en Tampico. O puede ser amargo y temperamental como Katia, la atrabancada joven que se convierte en empleada de Alfonso y que carga con recuerdos funestos. La mezcla de la casa la pone el cineasta Fernando Barreda Luna: miradas de lo solitario, diálogos de lo ausente, encuentros de carencias que buscan complemento entre las paredes de una casa vieja. De eso, y de los rincones ocultos de Tampico, trata Café Chairel.
En su segunda película, Café Chairel, Fernando Barreda Luna recupera sabores de maceración clásica en el cine mexicano, como la inmersión en las subjetividades, el humor agrio con acento en las carencias, la mezcla de individuos que buscan alivio en las ausencias mutuas. Pero, sobre todo, la reinvención de una ciudad de Tampico nostálgica y con regusto otoñal, con acentos salinos, de salitre y aves marinas.
Café Chairel la protagonistan Mauricio Isaac y Tessa Ía y contó con el apoyo de Eficine Producción. El 21 de mayo tiene su estreno en salas comerciales del país.
Fernando Barreda Luna platicó con nosotros sobre esta historia de aromas, sabores y rincones de ciudades apenas reconocibles.
Café Chairel parte de un guión en el que colaboras con Atsushi Fujii, cineasta japonés. ¿Cómo nace esta idea?
En 2012 fui programador de un festival de cine en Estados Unidos; ahí vi un trabajo de este director japonés. Me gustó su punto de vista y la trama. A pesar de que la evalué alto, la película no quedó seleccionada en el festival. Algunos años después hice contacto con Fujii. Nació la amistad y entendimos que queríamos contar este tipo de historias. Ahí me embarco en la escritura de un guión, que tardó casi ocho años de desarrollo. Creamos algo que aludía a la historia original, pero la llevamos por un camino distinto. Él tuvo la oportunidad de venir a unos días al rodaje, fue un proceso muy satisfactorio.
Leo la premisa de Café Chairel: dos solitarios que confluyen en un espacio, y enseguida pienso en el cliché romántico. Pero nunca ocurre; es una historia de amistad, que viene desde explorar las carencias de los personajes.
La clave era crear una película sobre dos personas que no tienen interés romántico, que construyen una relación casi de padre e hija, que sus personalidades se complementan de manera natural. Cada uno carga su pena y acompañarse los sana. Es algo que se da bastante, pero que casi no se proyecta en el cine, porque tiene que haber conflicto, algo que vencer. Estamos acostumbrados a que los personajes sufran y les metemos problemas y situaciones. Para mí el conflicto está dentro de nosotros mismos. Y la película habla del dolor: retratarlo como algo que al final no se resuelve, sino que continúa ahí. Es parte de nuestra vida y seguirá afectándonos; simplemente se aprende a vivir con él.
Gran parte de Café Chairel descansa en los actores Mauricio Isaac y Tessa Ía, ¿cómo prepararon a los personajes?
Quería dos personajes de contrastes marcados. Él es muy dulce, noble, pero a la vez torpe, también nervioso. Y por el otro lado tenemos a una chica enojada con la vida, que ha sufrido muchos rechazos. Se topan uno con el otro y hay una explosión, pero después ambos personajes, a pesar de sus contrastes, hacen una buena combinación. Esta analogía de los personajes con el café y la crema quería que quedara marcada en la historia.
En el trabajo con los actores, ya con las caras y las personalidades que cada uno aporta, moldeas a los personajes, aprovechas lo que cada uno te puede dar. Los observas desde la preparación, en cómo leen las cosas, y según avanzan las semanas entiendes hacia donde llevan a sus personajes. Con Mauricio, por ejemplo, en cada toma hacía algo diferente. Él hablaba y hablaba y me daba material. Se me hacía difícil cortar las escenas, porque seguía diciendo cosas que enriquecían al personaje.
Uno nada más está expectante de cómo los personajes cobran vida, pero al final tienes que decidir qué sí y qué no, sobre todo por el ritmo. Tienes que darles libertad a los actores y ellos responden; en esa búsqueda surgen cosas espontáneas que transforman la historia. Al final es una colaboración y los actores, al estar encarnando a los personajes, crean líneas que no sabías que necesitaban estar ahí.
Me pareció interesante el espacio: esta casa maltrecha, pero con elementos para que uno quiera ir a tomar un café de especialidad. Creo que también muestra cómo se transforman los personajes. ¿Cómo trabajaron esta transformación?
El director de arte se llama Santos Moncayo y me gusta que enseguida agarra la idea de lo que quiero, y siempre aporta cosas increíbles. Tenía que encontrar una casa con ciertos elementos físicos y estéticos para que funcionara la historia. Yo conocía este estilo de casas en Tampico, fueron construidas en los años 20, cuando el auge petrolero en Tamaulipas, que muchas personas holandeses y alemanas crearon sus casas. Muchas lamentablemente ya están destruidas. Esta casa, en particular, se estaba cayendo a pedazos cuando la encontramos. Trabajamos cuatro o cinco meses para reforzar las vigas, y cambiamos algunas estructuras importantes, para que no se fueran a caer con tanta gente. Había montañas de basura y de antigüedades valiosas, todo se escondió en un cuarto que nunca se abrió.
La casa tiene una emoción. Este lugar abandonado, con paredes derruidas y manchadas y el moho de la humedad, hace que los personajes se sientan detenidos en el limbo y el tiempo. La casa tenía que representar esto.
Café Chairel es una película hecha en Tamaulipas. Hay una intención en mostrar un Tampico distinto, porque incluso las representaciones que conocemos están orientadas hacia la violencia de los últimos tiempos. Es meritorio que propongas otro Tampico nuevo. ¿Cómo fue filmar allá?
Yo nací en Tamaulipas, crecí parte de mi infancia allá y en esta película quería retratar esa nostalgia. A veces es difícil, los espacios ya no son los mismos que hace veinte años. Algunos edificios ya no existen, otros están modernizados. Uno podría filmar las partes donde se nota el progreso, pero yo busqué lo contrario: los rincones que nadie conoce porque los turistas no van, esos lugares de otra época.
Cuando creces en un lugar, tienes cierta creatividad en la cabeza, no sabes si vas a dedicarte al cine o a otra cosa, pero en tu mente suceden historias. En muchos rincones yo veía historias. Eso me hizo fácil incorporar a la ciudad. Muchas veces los cineastas salimos de nuestra ciudad para hacer una carrera, pero es importante regresar y filmar en tu ciudad; es importante mostrarla.
Café Chairel no es la historia mexicana que se espera en el extranjero, porque siempre se espera que las películas mexicanas hablen de ciertos temas y que los personajes sean de ciertas etnias y con ciertas problemáticas. Esta película se sale del molde: ni es una película comercial, ni de protesta o que represente a una comunidad. Quise alejarme de temáticas políticas y enfocarme en lo humano, en las emociones y la nostalgia, en el espíritu de compañerismo y estos lazos que hay entre la gente. Yo me quería concentrar en lo que me afecta, quería filmar y retratarlo así.
Café Chairel (México, 2025). Dirección: Fernando Barreda Luna. Producción: Jessica Villegas Lattuada. Guion: Fernando Barreda Luna, basado en una historia de Atsushi Fujii. Cinefotografía: Eduardo Rivas Servello, AMC. Sonido: Pablo Tamez. Música: Uriel Villalobos. Dirección de arte: Santos Moncayo. Diseñador sonoro: Omar Juárez. Compañía productora: Nopal Army Films. Película realizada con el estímulo fiscal del artículo 189 de la LISR (EFICINE Producción). Locación: Tampico, Ciudad Madero, Tamaulipas. Reparto: Mauricio Isaac, Tessa Ía, Leo Deluglio.