‘El jardín que soñamos’, de Joaquín del Paso: el bosque donde confluyen las migraciones
19 de octubre, 2026
Por: Carlos Ramón Morales
Esther, la protagonista de esta película, lo describe así: que mientras la comunidad haitiana viaja por el país hacia el norte, en búsqueda de nuevas oportunidades de trabajo, las mariposas monarca viajan hacia el sur, en búsqueda de climas más cálidos. “Y en algún punto nos encontramos”. ¿Qué pasa cuando llega el cruce entre las familias haitianas y las mariposas? ¿Qué ocurre cuando se da en el contexto de un enfrentamiento: el de los taladores clandestinos de bosques contra las autodefensas que intentan protegerlos?
El jardín que soñamos, la nueva película de Joaquín del Paso, hace con estos cruces en apariencia azarosos —migración, familia, naturaleza, depredación, defensa del territorio— una historia de tanta angustia como emotividad.
El jardín que soñamos participa en la sección Largometraje Mexicano del 24° Festival Internacional de Cine de Morelia y cuenta con el apoyo de EFICINE. Platicamos con su director sobre estas aventuras migratorias que buscan crear jardines, espacios donde todavía se puedan imaginar futuros.
El jardín que soñamos abre con la frase: “Dejamos Haití rumbo al norte, las mariposas volaban en sentido puesto y en algún momento nuestros caminos se cruzaron”; agrego que en este cruce se vive una tensa defensa del territorio y su agresión extractivista. ¿Cómo logras esta configuración entre migrantes haitianos, mariposas monarca y taladores o defensores del bosque?
Siempre me interesaron esas dos líneas narrativas. Por un lado, la migración de la mariposa monarca tenía sus números históricos más bajos, se atribuía a la tala ilegal y a la devastación de los bosques de Oyamel en la alta montaña del centro de México. Por el otro, la migración haitiana se volvió un hecho superlatente, después de que se cerraran las fronteras terrestres con Estados Unidos; ahí empezó este cuello de botella sobre el flujo migratorio.
Lo que hice fue conectar estas dos ideas y ponerlas en el mismo lugar. Me planteé: ¿Qué pasaría si esta gente tuviera que pasar por el mismo bosque donde llegan las mariposas monarcas?. Así apareció esta imagen potente. Empecé a escribir la historia en orden cronológico; la fui descubriendo de a poquito y la fui entrelazando hasta llegar al final de la película.
Tus migrantes haitianos son una familia peculiar, se integran en una especie de rompecabezas azaroso. Transitan una ruta solitaria e íntimo que genera empatía. ¿Cómo trabajas con tus actores para conseguir esta intimidad en tu historia?
Encontrar gente que tiene química una con la otra es el arte de castear. Yo siempre encontré un común denominador: estas personas, incluyendo las niñas, tienen una gran capacidad de imaginar cosas.
Me gustan sus capacidades para imaginar situaciones ficticias; eso ayuda cuando se inventan las escenas. Por ejemplo, imaginarte que eres el papá de alguien o que alguien es tu papá, implica soltar barreras psicológicas que nos limitan.
Esa fluidez mental me importa. Los niños lo tienen muy desarrollado, eso lo descubrí en mi película anterior, su capacidad inmediata de conectar con lo imaginario.
Del casting el 80% es química y en el rodaje me gusta darles muchísima libertad a los actores. Me pongo a su nivel, actúo lo que ellos hacen, rechazo esa jerarquía del director que observa desde su monitor. Prefiero meterme en la construcción de las escenas y crear una atmósfera que les permita liberarse, arriesgarse a perder los límites y entregarse a la ficción. El tratamiento que aprendí en El hoyo en la cerca lo pongo mucho en la forma en la que dirijo a los actores.
En la película también das espacio a un grupo de taladores. Aunque al final aclaras que las escenas de tala se filmaron en un espacio de aprovechamiento forestal autorizado, estás trabajando con trabajadores forestales que realizan estas actividades. Este grupo no salió de un casting, son personas de la comunidad y supongo que implicó un trabajo de dirección interesante…
Me fascinan los grupos y la atmósfera que se genera cuando hay mucha gente en un ambiente. En este caso, me gustaba adentrarme en el mundo del aprovechamiento forestal, porque no se trataba de la tala, era sobre la gente que se dedica a cortar árboles para obtener madera.
Busco generar conexiones con la gente a un nivel humano, no jerárquico. Empiezo a acercarme a ciertos lugares, donde puedo crear una situación de confianza. Poco a poco conozco a la gente que me ayuda a abrirme lugares para filmar, que le emocione la idea o que quiera actuar en la película.
Al final, una dirección requiere muchísimo acercamiento humano, no desde la maquinaria del cine, que a veces es fría. Para mí no hay otra forma de hacer las películas, sino adentrándose de forma humana; eso da resultados de autenticidad.
Destacan dos escenas poderosas: destaco la caida de un árbol enorme o la secuencia en la que Esther lleva a su hija. La escena se plantea en un blanco deslumbrante, de pronto genera un efecto místico y sugiere una naturaleza que está operando más allá de lo que imaginamos. ¿Cómo trabajaste la fotografía y el manejo de estos recursos visuales?
La fotografía la realizó Gökhan Tiryaki, un fotógrafo turco con una sensibilidad enorme al paisaje y al sentimiento humano. Se enfoca en el ser humano en el paisaje, en un lugar más grande que el conflicto mismo. Nos acercamos a una fotografía supersensorial para el drama humano, pero también retratando la magnitud de este lugar: la naturaleza, la lluvia, la niebla o el viento.
Buscamos dos aristas desde el guión: lo poético y lo humano-social. Filmamos durante casi diez semanas y eso nos permitió capturar muchas situaciones climáticas, como cuando habia niebla. Por razones prácticas es difícil filmar una secuencia completa de niebla en media hora, pero si la divides en muchos días, plano por plano, puedes ir construyendo esos momentos mágicos.
Fue un acto de sensibilizarse muchísimo a la hora de filmar cada día, el fotógrafo y yo conectamos muy rápidamente en la película.
Toño, el personaje del talador, es el antagonista y hace un diálogo incómodo sobre la hipocresía de quienes usamos la madera. Por extensión, expone las complejidades del capitalismo…
El personaje de Toño no podía ser un malo de película; siempre lo pensé como una persona que venía cargando su contexto, que moldea a las personas y las empuja a dedicarse a ciertas cosas en su vida. Esta persona se dedica a la tala de madera pero no se está dando la gran vida, la está arriesgando. Quise complejizar su situación porque la película tocaba temas muy fuertes.
En una escena talan un arbol gigante y la gente queda en shock. Me han dicho, ¿cómo cortaste un árbol para la película? Entonces le explicas que árboles como ese se cortan cincuenta u ochenta al día, para que nosotros utilicemos la madera en nuestra vida diaria; que ya era el momento de ese árbol para hacer madera, y queramos o no, es muy fuerte.
Mi intención era generar una visión más grande de las cosas, porque a veces no solo se trata del bueno y el malo, eso no ayuda a que sea más rica la reflexión.
Me pregunto cómo verán tu película las comunidades haitianas que transitan por México, o las personas que están en los bosques y se dedican a la defensa del territorio. ¿Cómo sería mostrarles El jardín que soñamos?
El vínculo entre la comunidad haitiana y la película es muy potente, habla de la lucha y el sufrimiento de un pueblo que ha sido saqueado y sometido históricamente. La historia de Haití es fuertísima y siento que la película va a resonar mucho.
De hecho, la niña que actúa en la película la vio en una proyección especial que hicimos y me dijo: "esta película habla de todo lo que mis papás sintieron toda su vida." Me resultó potente saber que haya pensado que eso es lo que sienten sus papás. Entonces, con la comunidad haitiana en México y con otras personas de otros países va a funcionar muy bien.
Por otro lado, me da curiosidad cómo lo va a leer la gente de los pueblos levantados en armas contra los talamontes. La película también plantea que en estos pueblos hay una complejidad interna, que permite la tala de los bosques a pesar de luchar contra ella; la corrupción puede estar metida hasta la médula de todas las comunidades en este país. Me interesa ese debate y ver cómo lo toman.
El jardín que soñamos (México, 2026) Dirección y guion: Joaquín del Paso. Producción: Joaquín del Paso, Fernanda de la Peza, Itzel Sierra, Eduardo Díaz Casanova, Juan Pablo Reinoso. Cinefotografía: Gökhan Tiryaki. Dirección de arte: Nicole Sagues, Federico Cantú. Sonido: Lena Esquenazi, Valeria Mancheva, Antonio Porém. Música: Rogelio Sosa, Kyle Dixon, Michael Stein. Edición: Raúl Barreras. Compañía productora: Amondo Cine, Cárcava Cine, Península Films, Producción Espiral, Lookbook Entertainment, Sula Entertainment, Atómica, Pixel. Reparto: Nehemie Bastien, Faustin Pierre, Kimaëlle Holly Preville, Ruth Aicha Pierre Nelson y Carlos Esquivel Álvarez.