‘Lo que perdimos en el fuego’ de Arturo González Villaseñor: una hija para un revolucionario

En las historias de la Revolución Cubana hay un espacio especial para Antonio del Conde, el mexicano que en 1956 proveyó a Fidel Castro y su grupo del yate Granma, en el que partieron de desde México hacia la isla. Más de medio siglo después, Antonio vive en la Ciudad de México, y ahí es donde lo abordan para hacer un documental. Tiene más de 90 años, ya no tiene muchos ánimos para hablar de su gesta, pero le queda un pendiente urgente: reencontrarse con Lourdes, la hija que vive en lo más tupido de la selva de Quintana Roo.

Lo que perdimos en el fuego, documental de Arturo González Villaseñor, marca una ruta impredecible: inicia con el ánimo de crear el perfil de Antonio, el revolucionario, y deriva en el reencuentro entre un padre nonagenario con su hija, granjera solitaria. Y entonces, el ánimo de los buenos documentales, Lo que perdimos en el fuego se cruza por temas diversos: política, vejez, paisajes remotos, memoria, la relación entre padre e hija y una buena manada de perros.

Lo que perdimos en el fuego forma parte de la sección Ahora México de Ficunam 14. Buena oportunidad para platicar con su director sobre este ejercicio íntimo sobre la vejez, el viaje, la familia, y aun, pese a las reticencias, de la revolución que se sigue persiguiendo.

 

Lo que perdimos en el fuego, dir. Arturo González Villaseñor

¿Cómo llegaste con Antonio del Conde y empezaste a imaginar lo que ahora es Lo que perdimos en el fuego?

La productora Indira Cato y Susana Cato me mostraron un libro donde Antonio Del Conde platicaba su historia. Era sobre su participación en la insurrección cubana, memorias compartidas con Castro, el Che Guevara y otros revolucionarios. La historia era muy atractiva y más interesante fue saber de este revolucionario que no era tan conocido, pero que fue importante para la causa. 

Nos propusimos hacer algo con su historia. Susana escribiría el guion, pero tuvimos diferencias sobre la historia: en ese momento ella conocía más a Antonio y tenía otra visión para la película. Esto sucedió entre 2014 y 2015. Susana se reunió con Antonio y él manifestó no tener entusiasmo para abordar la historia nuevamente, y menos hacer una película. 

Las diferencias creativas con Susana Cato y la postura de Antonio desalentaron el proceso. Pero la historia me seguía interesando y por fortuna encontré a Arcelia Ramírez, quien conocía a Antonio y me apoyó con su contacto. Me reuní con él, le platiqué mi visión, y en 2016 inicié la producción; hasta ahora que se concretó la película. 

 

El Antonio del Conde que muestras es un hombre anciano, te toca registrar su momento crepuscular...

Era el Antonio que buscaba. Llegué en el momento de su crepúsculo. Aprendí a entender lo valioso del tiempo, que es muy sencillo que se te salga de las manos. Cuando llegas a esa edad vale cada minuto, cada segundo. Me interesó esta exploración y la traducía en retratos corporales: quería contar su historia revolucionaria, pero no una historia sobre la Revolución Cubana. Quería contar sobre la vitalidad de este hombre y qué le sucede estás a punto de morir: ¿Qué decisiones tomarías cuando sabes que estás próximo a la muerte? La suya fue reencontrarse con su hija.

 

Lo que perdimos en el fuego, dir. Arturo González Villaseñor

 

La película crece cuando aparece Lourdes, confluyen dos puntos de vista y se origina esa dinámica del hombre viejo, la hija y los dos que tratan de situarse en el mundo. ¿Cómo llega Lourdes?

Con Antonio queríamos contar su historia a través de un viaje, porque la vida de Antonio es la carretera. Un día nos platica que iba a ver a una hija que vive en Cancún. Yo sabía que tenía hijos en la Ciudad de México y otros estados del país, personas comunes, con una vida acomodada. Era diferente a Lourdes, con quien casi no convivió.

Registramos su viaje: silencios, rutas y otras intervenciones. Grabamos treinta horas de entrevistas, yo pensaba que la película podría quedar en ese universo. Al llegar a Cancún nos dijo que su hija no vivía exactamente en Cancún. Nos comunicamos con ella y tomamos camino hacía Holbox. Llegamos a un portón y salieron quince perros a saludarnos: hicimos contacto con un universo diferente al que esperábamos. Sobresalieron plantas, animales y la vitalidad de Lourdes. Sacamos la cámara y le pedimos permiso para grabarlos. Todo fue muy natural. Ellos compartieron el espacio y no desperdiciaron el tiempo. 

Lourdes fluía muy bien, se veía muy bonita a cámara, hablaba con naturalidad y le decíamos que era nuestra Meryl Streep. La forma en que se acercó a su padre se percibió como una continuación idónea al viaje en carretera. No se forzó el sentimentalismo, lo que registramos era muy real. Al regresar a México revisamos las secuencias y teníamos material que nos permitía construir buenas secuencias entre ellos dos. 

 

Podría pensar que, de todos los hijos de Antonio, Lourdes es quien más se parece a su padre. 

Nos dimos cuenta de que Antonio guarda cachivaches, recuerdos y que comparte una relación fuerte con su perro. Con Lourdes fue la misma impresión con su espacio, y tenía una relación profunda con los perros. Para ambos los perros son su compañía y ahí hacen ese click. 

Era muy sencillo que ellos hablaran de similitudes que los unen y del amor profundo por los animales, era uno de sus temas más importantes. No tenían interés de relacionarse con alguién más e incluso defendían su soledad, sin dejar de mostrar su preocupación, porque Lourdes vive en medio de la selva, en una comunidad donde el narco permea distintos lugares, o porque Antonio tiene una edad avanzada para vivir solo. 

 

¿Cómo fue la relación de Antonio y Lourdes con la cámara?

Nuestros protagonistas mostraron una dinámica natural e interesante; había elementos de la realidad que nosotros no considerabamos del todo cinematográficos, pero eran cosas que obtuvimos y narraban fidedignamente un relato. 

Nos compartieron un universo que tenían en común y les resultaba normal: no eran muy expresivos ni hablaban a fondo de su pasado, incluso a Lourdes no le interesaba del todo la historia revolucionaria de su padre. 

A nosotros nos tocó situar la historia en algo cinematográfico y activar ciertos escenarios o acciones para comunicarse mejor sus ideas o pensamientos.

Eso es el cine para mí, lo que uno decide para contar una historia. Incluso visto de este modo ya no quedan diferencias entre la ficción y el documental.

Lo que perdimos en el fuego, dir. Arturo González Villaseñor

¿Antonio y Lourdes ya vieron la película?

Terminamos de rodar en 2020, y de 2021 a 2023 trabajamos en la reescritura de la película. Tristemente, en marzo de 2023 murió Antonio. Creo que él pensaba que le dejó el documental a Lourdes, y ella reflexionó que lo que él le heredó fue la amistad conmigo y el crew. 

Lourdes no ha visto la película, pero conoce parte del material, aunque no llega a entenderlo del todo. No entiende la importancia de ciertos elementos de la historia y me parece que es un buen síntoma, porque entonces se desenvuelve bien. Pero me parece que estará feliz de ver registrados los últimos momentos con su padre. 

 

¿Por qué le puede ser interesante a los cineastas contemporáneos un acontecimiento tan lejano como la Revolución cubana? 

Antonio esperaba que dijéramos que lo mejor que le pasó a Cuba fue la Revolución, y que el mejor líder después de Jesucristo ha sido Fidel Castro, pero entre más sabes del tema te das cuenta que la persona que más desconocía del tema es uno mismo, primero, porque pensaba que nadie conocía a Antonio, no obstante si lo conocían, porque ha participado en diversos documentales. 

En esta película procuramos generar un diálogo: Antonio, 60 años después, mantiene ese diálogo generacional que expresa cariño hacia la Revolución y Fidel, sin dejar de lado lo importante: ¿Cómo les afecta a las generaciones que sobreviven la guerra? y es el hilo de la película que habla sobre los revolucionarios y su testimonio de aquella época. Ahora Antonio ya no está con nosotros, pero está el registro de como vivió y sintió la Revolución. 

En la última secuencia, Antonio camina hacia la selva. Eduardo Galeano dice que la utopía existe y está en el horizonte: uno debe caminar y perseguir. De la misma forma, en esta secuencia Antonio entra en un plano abierto y se dirige a ese horizonte que tanto persiguió durante toda su vida. Es un hombre que a sus 93 años aún persigue la utopía de la revolución cubana. 

Antonio busca un animal que está por morir, lo hace pese a su edad, con sus movimientos y y su vista limitados. Si lo pensamos más allá, en su visión revolucionaria, parece que Antonio se sumerge en la Sierra Maestra con una escopeta, junto con sus fantasmas como Chuchu, Cienfuegos, Batista o el Che, al mismo tiempo que rememora las revoluciones en Latinoamérica. Es la reinterpretación de una historia que ya ha sido narrada en libros, películas o trabajos de investigación. 

 

Lo que perdimos en el fuego (México, 2024). Dirección: Arturo González Villaseñor. Guion: Arturo González Villaseñor. Fotografía: Jorge Luis Linares Martínez. Edición: Arturo González Villaseñor, Jorge Luis Linares Martínez, Clementina Mantellini. Sonido: Israel Gallo, Adrià Buisán. Participan: Antonio del Conde, Lourdes del Conde.